Dime cómo te vinculas y te diré quién eres

Dime cómo te vinculas y te diré quién eres
El apego, es el vínculo que buscamos e inevitablemente encontramos cuando nos relacionamos con las personas para poder subsistir emocionalmente en la sociedad. Existen varios tipos de apego, unos seguros, que dan lugar a personas con una buena autoestima y calidad en las relaciones que establece con los demás y otros apegos inseguros que dan lugar a personas ansiosas o inhibidas con formas disfuncionales de relacionarse con los otros.
 
El apego empieza desde el inicio de la vida, las formas en que los bebés y niños se vinculan física y emocionalmente a sus principales figuras de referencia y viceversa, determina por tanto qué tipo de adulto seremos en el futuro.
 
 
Todos necesitamos el contacto, la piel con piel, para poder desarrollarnos de manera óptima, lo necesitan nuestras neuronas, nuestro cerebro. Desde pequeños, pasamos de una indiferenciación con la figura vincular más próxima, la madre, a un sentido del yo individualizado, capaz en última instancia de regularse emocionalmente ante la ausencia del otro.
Si la madre ha sabido o ha podido responder de una manera coherente, afectiva y cercana a las demandas del bebé-niño, ofreciéndole su protección desde la empatía y respetando la individualización del bebé, ésta se convierte en una base segura de apego a la que el bebé puede acudir cuando el miedo ante la vida se dispara para poder tranquilizarse y poder seguir explorando el mundo de manera segura. Aprenden: “la vida es difícil, pero hay alguien que vela por mi seguridad, por lo tanto no tengo nada que temer, puedo continuar conociendo el mundo”. Mas tarde podrán concluir, “la vida es difícil, a veces da miedo, pero puedo protegerme y pedir ayuda a las personas que quiero, no tengo nada que temer, puedo continuar conociendo el mundo”.
Para ilustrar este tipo de vinculo, puedo contar una anécdota con la que me crucé apenas unos días: estaba con una amiga, madre de una niña maravillosa de 6 meses, su abuela también nos acompañaba, yo tenía a la niña en brazos desde hacía un buen rato. De repente se unió al grupo un amigo varón. La niña miraba a este adulto con cierta desconfianza y distancia, aunque le dedicaba sonrisas y palabras cariñosas no era todavía digno de su confianza. Entonces, lanzó una mirada a la madre, observando detenidamente su reacción ante el amigo, al verla tranquila e incluso contenta la niña se relajó, pasó a mirar a su abuela (con la que pasa mucho tiempo) y la abuela feliz y relajada también dio una nueva clave para que siguiese aflojando la tensión frente al extraño. Por último, alzó la cabeza para mirarme a mi, fan de los niños, la estaba sosteniendo y mimando desde hacía un largo rato, por lo tanto entendió que también le podía servir para cerciorarse de que aquel hombre era de fiar. Inmediatamente después, su cara de susto se convirtió en sonrisas y gorgoritos. Eso es el Apego seguro.
En determinadas ocasiones el cuidador no esta disponible siempre, sino que sólo está física y emocionalmente disponible en ciertas ocasiones. No se sienten seguros, ya que sus necesidades no siempre son atendidas, se genera ansiedad ante la separación y temor al explorar el mundo. Son personas con una gran necesidad de intimidad, pero al mismo tiempo se muestran inseguros en la relación con los demás.
Esto es el apego ansioso y da lugar a otros dos tipos:
a) Cuando el niño se separa de la madre y responde con llanto, angustia, protesta y rabia. Al regresar la madre, no se siente aliviado e incluso puede agredir al cuidador costándole tranquilizarse y retomar el juego.
Se trata de un estilo ambivalente, en el cual los niños no confían en la capacidad de los padres de atenderles de manera constante, ya que en su experiencia se han sentido desolados y abandonados no pocas veces.
Como ejemplo, ilustro el caso del hijo de una paciente; mientras jugaba en un parque perdió de vista a su madre un instante, pocos minutos después al regresar la madre y encontrarlo llorando fue a consolarlo pero el niño comenzó a propinarle patadas y no consiguió retomar el juego con tranquilidad. El menor ha aprendido que la manera de tener un apego “seguro” es hiperactivando sus conductas de acercamiento, a costa de un gran componente de ansiedad, control y pérdida de la autonomía.
b) Si el niño ni siente ni padece ante la separación de la madre, al regresar no lo celebra, y parece no necesitar a nadie para explorar el mundo, el niño muestra un apego evitativo, reprimiendo sus necesidades de proximidad, ya que éstas previamente han sido ignoradas e incluso castigadas. Se sienten vulnerables ante los demás, y por ello prefieren tener una distancia de seguridad.
Sin ir más lejos muestra de esto, ayer en el metro, iba una cuidadora (ignoro el vínculo real) con un niño de un año aproximadamente. El niño comenzó a llorar desconsoladamente, la cuidadora estuvo 20 minutos de reloj (hasta que yo me bajé) sin atenderle, poniendo caras al niño de desaprobación. El pequeño sólo pudo regularse cuando un señor con una guitarra entró al vagón a cantar a cambio de dinero. Este niño aprenderá que la forma de mantener un apego “seguro” es evitando el contacto con el otro, por lo que intentará mantenerse lejos, sin dar muchos problemas. En el futuro, este adulto en la intimidad con el otro podría sentirse inseguro por miedo al rechazo.
Finalmente hay un tipo de apego muy dañino para el niño, que implicará con mucha seguridad problemas psicológicos graves en el adulto. Se da cuando el cuidador tiene respuestas desproporcionadas y o inadecuadas, incoherentes. Muchas formas de maltrato y abuso infantil se visten de este tipo de vinculación desorganizada. El niño no consigue aprender qué puede hacer para poder gozar de un apego ”seguro”, por lo que muchas veces se congela emocionalmente, dando lugar a la disociación para poder vivir con el temor que proporciona el vínculo.
Una mujer me contaba, como hace muchos años cuando su padre todavía vivía, en determinadas ocasiones, recibía ella y sus hermanos una paliza por parte del padre, el motivo era que la cabra que tenían y de la cual bebían su leche había enfermando.
¿Te haces una idea de que tipo de adulto pueden dar lugar estás experiencias?.
En el adulto, reconocer que tipo de vínculo tenemos, es casi tan difícil, automático e inconsciente como reconocer cómo funciona nuestro proceso digestivo mientras comemos. La pista nos la da el sufrimiento que tenemos en el día a día, la ansiedad y miedos que sentimos en la relación que establecemos con los demás. Una vez más, la terapia psicológica, sirve para entender desde dónde nos movemos, qué tipo de experiencias vitales marcaron nuestra vida para que AQUÍ Y AHORA estemos sufriendo.
y tú ¿Cómo te vinculas?, y tú ,¿Quién eres?.

Psinergia

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